La naturaleza como actividad curativa: puede reducir nuestra ansiedad
La exposición a la naturaleza restaura nuestra atención y mejora el control del dolor y también la evolución de los pacientes hospitalarios
Fuente El País. Autora: Nazareth Castellanos, Ilustración de SOY.NOK
El artículo reflexiona sobre la profunda relación entre el ser humano y la naturaleza, partiendo de la visión de Santiago Ramón y Cajal, quien comparó el cerebro con un bosque y utilizó términos botánicos para describir las neuronas. A partir de esta idea, se abordan investigaciones actuales que demuestran científicamente cómo la naturaleza influye positivamente en la salud mental, emocional y física. La teoría de la biofilia, formulada por Edward O. Wilson, sostiene que los seres humanos poseen una conexión innata con el entorno natural, fruto de su evolución. Diversos estudios muestran que el contacto con la naturaleza reduce el estrés, mejora la atención, disminuye la ansiedad y favorece el bienestar psicológico, llegando incluso a influir positivamente en la recuperación hospitalaria. El texto concluye defendiendo la necesidad de integrar más naturaleza y vegetación en las ciudades como una cuestión de salud pública y calidad de vida.
Santiago Ramón y Cajal ya lo sabía. Como en tantas otras cosas, se adelantó a su tiempo y comparó el cerebro con un bosque. Al asomarse al microscopio veía árboles, con sus articuladas ramas y sabuesas raíces. Árboles que se comunicaban para hacer del bosque un complejo sistema de procesamiento de la información. Árboles que crecían muy juntos, pero separados por una imprescindible distancia.
Los árboles eran las neuronas y la descripción que Ramón y Cajal hizo del bosque cerebral le valió el Premio Nobel de Medicina en 1906. Fascinado por la botánica, adoptó términos fitológicos para describir la anatomía neuronal. Así, las extensiones de las neuronas que reciben la información química de otras neuronas se llama árbol dendrítico, y sus pequeños accesos se denominan espinas. Para Cajal, el cerebro es como un bosque.
Alimentaba su genio con la naturaleza, la necesitaba. Él y todos poseemos un cerebro inundado, porque obviamente vive y se alimenta del mundo que lo rodea.
Hoy empezamos a comprender, científicamente, cuáles son los mundos que nuestro cerebro agradece. Como ya sabía Cajal, la naturaleza es uno de esos entornos que impactan positivamente sobre la biología cerebral y la psicología. En 1984, el biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson propuso la teoría de la biofilia, según la cual los seres humanos tenemos una tendencia innata a relacionarnos con la naturaleza y otras formas de vida. Según el marco de la sociobiología, esta inherente atracción por lo natural está arraigada en nuestra historia evolutiva, que se desarrolló inmersa en la naturaleza hasta la reciente llegada del urbanismo. Esto ha supuesto una adaptación fisiológica y psicológica, que algunos autores se atreven a calificar como dependencia.
Los beneficios de rodearse de naturaleza se encuadran en dos teorías: una que afecta a lo cognitivo y otra a lo emocional. Por una parte está la teoría de la restauración de la atención, que explica por qué la naturaleza reduce los niveles de excitación cognitiva. Esta teoría parte del hecho de que estamos exageradamente expuestos a constantes estímulos. Los entornos urbanos o artificiales son ricos en información compleja que debemos procesar, como colores, sonidos o continuos movimientos. Esto supone que gran parte del día el cerebro está en unas condiciones de demanda cognitiva muy exigentes. La naturaleza, al contrario, supone una gama de colores más reducida centrada en tonos verdes, donde la sencillez sustituye a la complejidad artificial, y donde el movimiento y los sonidos transcurren en una llevadera velocidad. La atención deja de estar bombardeada por estímulos que compiten en intensidad, permitiendo que se recupere la atención.
Por otro lado, está la teoría de la recuperación del estrés, que estudia el impacto de la naturaleza en nuestra dimensión emocional. Según esta, la cercanía a la naturaleza supone un proceso restaurador relacionado con la capacidad de reducción del estrés de los entornos naturales, lo que supone un aumento de las emociones positivas, una disminución de la excitación y de las emociones negativas como el miedo. Sus efectos no solo se miden en el ámbito psicológico, también biológico. Un reciente estudio de la Universidad de Berlín midió el impacto de la naturaleza sobre el cerebro. Sus resultados mostraron que aquellas personas que habían paseado durante una hora por un parque presentaban niveles de activación cerebral menores en las regiones neuronales más involucradas en la excitación emocional que aquellas que habían caminado por las calles de la ciudad. El estudio resalta la importancia de la naturaleza como recurso terapéutico y preventivo.
La exposición a la naturaleza puede reducir la ansiedad, mejorar el control del dolor e incluso la evolución de los pacientes hospitalarios, como evidenció por primera vez el profesor Roger Ulrich. La amplia gama de experimentos que ha estudiado el impacto beneficioso de la visualización de entornos naturales sobre la psicología y la biología humana nos podría llevar a imaginar centros sanitarios, docentes o ámbitos profesionales repletos de escenas que muestran la naturaleza, como fotografías o pinturas. E imaginando con un poco más de valentía podríamos llegar a exigir entornos urbanos donde la naturaleza conviva con el asfalto y el ladrillo.
Los problemas de salud son hasta un 50% más elevados en entornos urbanos, y los niños que crecen cerca de la naturaleza presentan un menor riesgo de alteraciones mentales. No hace falta vivir en el bosque, sino tener más presencia natural en las calles, y frecuentar las salidas a la profundidad de la naturaleza. La teoría de la biofilia de Wilson supone que en nosotros hay una tendencia innata por lo natural, y que por tanto la naturaleza se percibe desde el reconocimiento a algo que llevamos dentro. Una de las reflexiones que se derivan es si el cuidado del planeta es un reflejo del cuidado de nuestro cuerpo.
Nazareth Castellanos es neurocientífica.

