Un estudio de la Universidad de Málaga revela desigualdades en la distribución del arbolado urbano y alerta de sus efectos sociales, térmicos y de salud en la ciudad.
Este estudio de la Universidad de Málaga, realizado por los investigadores Ángel Enrique Salvo Tierra y Ángel Ruiz Valero, revela que la distribución del arbolado urbano en la ciudad refleja importantes desigualdades sociales y ambientales. La investigación concluye que los barrios más densamente poblados y vulnerables cuentan con menos árboles y, por tanto, menos acceso a sombra, confort térmico y beneficios ambientales, agravando los efectos del cambio climático y el calor urbano. El estudio defiende que el arbolado debe considerarse una infraestructura esencial para la salud y la equidad urbana, apostando por una planificación estratégica que priorice las zonas más deficitarias y adapte las especies al clima futuro de Málaga.
Fuente: Andalucía Información Juan Diego Morales
La pregunta puede parecer provocadora, incluso poética: ¿tienen los árboles conciencia social? La respuesta, desde el rigor científico, es clara: no. Pero lo que sí existe —y cada vez con mayor evidencia— es una “conciencia social” en su distribución dentro de las ciudades. Es decir, los árboles no eligen dónde crecen, pero su presencia o ausencia responde a decisiones humanas que terminan dibujando un mapa de desigualdades.
Ese es el punto de partida de una investigación desarrollada en Málaga por los profesores Ángel Enrique Salvo Tierra y Ángel Ruiz Valero, vinculados a la Universidad de Málaga, que pone el foco en cómo el arbolado urbano —y los beneficios que genera— no se reparte de forma equitativa entre los barrios.
Lejos de ser una cuestión estética o paisajística, el estudio conecta el arbolado con aspectos clave como la salud pública, el confort térmico, la calidad del aire o incluso la cohesión social. Y lo hace con una conclusión de fondo: en Málaga, los árboles también reflejan las desigualdades.
La falsa neutralidad de los árboles
Los investigadores parten de una idea fundamental: “los árboles no son elementos neutros dentro del espacio urbano. Su tamaño, su especie, su ubicación o su densidad determinan directamente los llamados servicios ecosistémicos” que ofrecen.
Estos servicios van mucho más allá de dar sombra. Incluyen la “captura de dióxido de carbono, la reducción de contaminantes atmosféricos, la retención de partículas en suspensión, la producción de oxígeno o la regulación térmica de la ciudad”. Incluso se les atribuyen beneficios psicológicos y sociales, desde la mejora del bienestar emocional hasta la reducción del estrés.
En términos económicos, algunos estudios internacionales han llegado a estimar que “un solo árbol puede generar entre 4.000 y 5.000 euros anuales en beneficios ambientales”.
Sin embargo, no todos los árboles son iguales ni aportan lo mismo. Un ejemplar de gran porte, con copa densa y amplia capacidad de sombra, no tiene el mismo impacto que especies ornamentales más pequeñas o de menor follaje. De ahí que el debate no sea solo cuántos árboles hay, sino cuáles y dónde están.
La regla del 3-30-300… y sus limitaciones
En este contexto, los expertos mencionan una de las referencias más extendidas en planificación urbana: “La regla del 3-30-300”. Según este criterio, “cada ciudadano debería poder ver al menos tres árboles desde su vivienda, vivir en un barrio con un 30% de cobertura arbórea y tener un espacio verde a menos de 300 metros”.
Aunque esta regla ha ganado popularidad, los investigadores advierten de sus limitaciones. “No basta con cumplir números si no se tiene en cuenta la calidad del arbolado. Tres palmeras, por ejemplo, no ofrecen los mismos beneficios que tres ficus o árboles de gran copa”.
La clave, por tanto, no es solo cuantitativa, sino cualitativa: qué árboles, con qué características y en qué condiciones.
Málaga: un caso de desigualdad
El estudio realizado en Málaga parte de una hipótesis conocida en la literatura científica como el “efecto lujo”: la idea de que los barrios con mayor renta tienden a tener más y mejores árboles.
Sin embargo, los resultados obtenidos en la capital malagueña añaden un matiz relevante. Aunque la renta influye, el factor más determinante no es económico, sino demográfico.
En concreto, las zonas con mayor presencia de población de origen extranjero —especialmente de países con menores niveles socioeconómicos— presentan menos arbolado y, por tanto, menos acceso a sus beneficios ambientales.
Se trata de “una desigualdad” que, según los investigadores, no puede explicarse por decisiones individuales, ya que el análisis se centra exclusivamente en el arbolado público: el gestionado por el Ayuntamiento en calles, parques y jardines.
Esto implica que “las diferencias detectadas responden directamente a políticas urbanas acumuladas durante décadas”.
Barrios más expuestos
Aunque el estudio no se centra en señalar barrios concretos, sí identifica patrones claros en la ciudad. Las zonas con mayor densidad de población, como Carretera de Cádiz o Cruz de Humilladero, concentran algunos de los mayores déficits de arbolado útil.
También se detectan carencias en áreas del distrito Centro, especialmente en su zona norte, pese a la proximidad de grandes pulmones verdes como el monte Gibralfaro o los Montes de Málaga.
La paradoja es evidente: “donde más población vive y donde más necesario sería el arbolado para mitigar el calor urbano, es donde menos presencia tiene”.
Árboles y calor: una cuestión de salud
El estudio adquiere especial relevancia en un contexto de cambio climático, donde las olas de calor serán cada vez más frecuentes e intensas.
Los árboles juegan aquí un papel esencial. Pueden reducir la temperatura urbana entre 5 y 10 grados en determinadas zonas, actuando como auténticos refugios climáticos.
La ausencia de arbolado, por tanto, no es solo una cuestión estética o ambiental, sino un problema de salud pública.
Los investigadores recuerdan que en Andalucía “se registran miles de muertes asociadas a episodios de calor extremo“. Y advierten de que estas cifras “podrían aumentar si no se corrigen los desequilibrios actuales”.
Además, el impacto no es solo físico. Las altas temperaturas afectan también al descanso y al bienestar psicológico, generando situaciones de “disconfort” tanto fisiológico como mental.
Triple desigualdad
Uno de los aspectos “más preocupantes” es la combinación de factores que se da en determinados barrios. A la falta de arbolado se suma, en muchos casos, una mayor vulnerabilidad económica. Esto se traduce en “menor acceso a sistemas de climatización, como el aire acondicionado”.
El resultado es lo que los investigadores denominan una “triple injusticia“: más calor, menos árboles para mitigarlo y menos recursos para combatirlo. Este escenario convierte el arbolado urbano en una cuestión de equidad social, no solo ambiental.
No basta con plantar
Ante este diagnóstico, la solución no pasa simplemente por plantar más árboles. De hecho, los expertos advierten de que “hacerlo sin planificación puede incluso agravar las desigualdades”.
La clave está en una estrategia basada en datos: “Identificar las zonas más deficitarias y priorizar en ellas las nuevas plantaciones, seleccionando además especies adecuadas para el clima presente y futuro”.
Esto implica tener en cuenta múltiples variables: “El tipo de suelo, la disponibilidad de agua, la interacción entre especies o su resistencia al aumento de temperaturas”.
El arbolado urbano, insisten Ruiz y Salvo, “es un sistema complejo que requiere planificación a largo plazo”.
El futuro del arbolado
El reto no es menor. A nivel global, ya se está registrando una elevada mortalidad de árboles en entornos urbanos, con más de mil especies incapaces de adaptarse a las condiciones actuales. Esto obliga a replantear qué se planta hoy pensando en cómo será la ciudad dentro de décadas.
En este sentido, los investigadores apuntan incluso a “la necesidad de estudiar especies de regiones más cálidas, como el norte de África, que puedan adaptarse mejor a las condiciones climáticas futuras de Málaga”.
Una oportunidad para redefinir la ciudad
El estudio no pretende señalar errores del pasado, sino ofrecer una herramienta para el futuro. Sus autores defienden que los datos obtenidos “deben servir para orientar las políticas municipales y avanzar hacia una ciudad más equilibrada“.
“La implantación de planes de arbolado, la creación de corredores verdes o el desarrollo de refugios climáticos” son algunas de las líneas de actuación que ya se están explorando.
Pero el desafío es mayor: se trata de “integrar el arbolado como una infraestructura esencial, al mismo nivel que el transporte o el suministro energético”.
Una ciudad que se juega su habitabilidad
En última instancia, la cuestión del arbolado en Málaga trasciende el ámbito ambiental. Tiene que ver con el modelo de ciudad y con su capacidad para adaptarse a un futuro marcado por el cambio climático.
Los árboles, silenciosos y aparentemente estáticos, se convierten así en indicadores de justicia urbana. No tienen conciencia social, pero su distribución revela, con precisión, las prioridades —y las carencias— de la ciudad.
Y en Málaga, según este estudio, aún queda camino por recorrer.


